Esta mañana amanecía soleado, así los rayos de sol atravesaban la cristalera del almacén de Ladran Gaucho produciendo algunos destellos sobre los collares pluto allí apilados. Sin embargo, no era un lunes cualquiera, ya que acababa de comenzar un nuevo Lunes Santo, una jornada muy especial, ya que el Señor de la Sentencia acompañado de su madre María de Gracia y Amparo salían a la calle en cortejo procesional con toda la Hermandad de la Sentencia para realizar estación de penitencia.
De este modo, si cabe una jornada aún más especial tras la pandemia vivida, la cual no ha permitido vivir la Semana Santa en los dos años anteriores tal como la conocemos en todo su esplendor. Por ello, la emoción y las ganas eran máximas, sin embargo las predicciones meteorológicas no eran del todo favorables, ya que se preveía lluvia a partir de las nueve de la noche; un hecho que finalmente sucedió tal como se vaticinaba.
De esta manera, todo aquello que fuera a suceder estaba en manos de Dios, independientemente de nuestras ideas, pensamientos o deseo por revestirnos con nuestra túnica nazarena por las calles de la ciudad califal. Así, la mañana y el día seguían su curso hasta que llegó el momento de partir hacia la Parroquia de San Nicolás. Ya allí en el interior del templo se podía oler la incertidumbre, ya que había decisiones que tomar, las cuales no iban a ser fáciles pero la situación lo exigía. Finalmente, y sin saber demasiado hasta el último instante, se decidía suspender la estación de penitencia a causa de las predicciones meteorológicas.
En ese momento una llamarada de fuego invadía mi corazón, una vez más ahí estaba Dios hablándome e imponiendo su plan a su manera. Así, en mi alrededor podía ver semblantes tristes y serios ante la decisión tomada, sin embargo a pesar del complicado momento, Dios me mandaba sus señales y acariciaba mi corazón tiernamente sabiendo que su plan siempre es el perfecto y el que nunca falla. Asimismo, sentí a dos de mis angelitos abrazándome fuertemente; ya estaba Dios obrando enviándome a mis abuelitos para mimar mi corazón.
En consecuencia, con Dios y mis angelitos en el corazón ya había comenzado mi estación de penitencia. Una estación de penitencia feliz, la cual me daba oportunidad para reflexionar y agradecer a la vida, y al mismo tiempo para comprobar que Dios jamás nos abandona por difícil que parezca la situación. Así, a pesar de no poder acompañar a mis sagrados titulares hasta la catedral, me sentí satisfecha y radiante en mi interior por vivir una vez más un Lunes Santo tan especial.
Gloria a Dios!