Un Día de la Hispanidad en el que los pañuelos blancos cubrieron el cielo de Sevilla

El 12 de octubre amanecía soleado, con un sol radiante que invitaba a salir a comer a la calle o a dar un paseo a caballo en el campo; sin duda entre ambos planes para mí el segundo es el pasatiempo ideal. Sin embargo, el Día de la Hispanidad ya estaba planeado con un plan muy divertido y suculento. Desde hacía una semana atrás mi querida amiga Genoveva y yo teníamos previsto asistir a un festival taurino del Gran Poder de cierre de temporada en la Real Maestranza de Sevilla, con la añadidura de poder disfrutar de un paseo por la capital hispalense o de una tapa en el mítico bar Arenal Ventura.

Me levanté pronto y agitada con mil cosas en la cabeza para hacer ese día. De este modo, tras desayunar y vestirme, al primer lugar donde acudí fue a misa, ya que creo que en el día de la Fiesta Nacional era muy importante pedir por España y más sabiendo la situación que atraviesa y por su gobierno para tengan la capacidad y sabiduría para tomar las decisiones correctas y más beneficiosas para los ciudadanos y el bienestar común del país. Finalizada la eucaristía, volví a casa para probarme y elegir el outfit más adecuado para la ocasión, así finalmente me decanté por el pantalón méxico de Barey y una rebeca de punto larga de mango combinado con unos zapatos chupete de color morado de Mango.

Teniendo decidido el look, me apliqué una mascarilla facial y diversas cremas en el cutis al mismo tiempo que veía el desfile militar por televisión, ya que como enamorada de la moda me encanta analizar el vestuario de las invitadas al acto y ver si cumplen con el dresscode protocolario implementado para el evento. Posteriormente y pasado el tiempo de aplique y actuación de la mascarilla me duché con antelación ya que quería ondularme el pelo, y teniendo un cabello tan fino como el mío requiere de cierta de dedicación; como diría mi amiga Laurita iba a ir a lo Bisbal. De esta manera, comí inmediatamente algo rápido y ligero con el objetivo de tener la melena lista cuanto antes. A las 14:00 horas llegó Pilar que se venía con «Casanova» y conmigo para después coger un tren en Sevilla e irse para Huelva junto a su prometido. De esta forma, a las 14:30 estábamos saliendo de Córdoba y antes de las cuatro ya nos encontrábamos en la capital hispalense.

El «momento complicado» llegó con la búsqueda de un parking que nos permitiera aparcar, ya que todos estaban completos, con la suerte de nuestra parte pudimos hacerlo en el de Plaza Nueva emplazado en la calle Albareda, así entre una cosa y otra solo daba tiempo para irnos directamente a la plaza de toros. Con la calle Adriano y Antonia Díaz abarrotadas la gente se dirigía hacia la puerta de su tendido con un calor bochornoso que se hacía notar hasta en el propio pavimento. Ubicadas en nuestro lugar, el festival comenzó a las 17:30 horas con el sonido del himno de España y toda la plaza en pie. Por ende, sin gran suerte para Diego Urdiales, Daniel Luque y Juan Ortega; Manzanares y Aguado lograron entenderse con su rival, cuajando ambas faenas, sin embargo no se prendieron de un modo completo en la suerte suprema obteniendo una oreja el primero y dos el segundo.

Pese a todo, la gran revolución llegó con el debut del salmantino Marco Pérez. El niño puso al revés el templo maestrante con una actuación técnica y completa ante un añojo de Jandilla de forma sensacional. Su apariencia diminuta e inerme unido a su toreo lo han convertido en protagonista de conversaciones en el campo en torno a la chimenea. Por ello, ante tal espectáculo el cielo de Sevilla se cubrió de pañuelos blancos «descendiendo» de este dos orejas y un rabo. Con el festival finalizado, la Puerta del Príncipe se abrió para el pequeño matador, sus constantes miradas al cielo tras cruzar esta lo decían todo tras el hecho histórico allí ocurrido.

Después de tanta emoción vivida había que seguir emocionándose, por eso no fuimos al bar Ventura, para comentar lo acontecido e intercambiar confidencias y opiniones con algunos de los allí presentes. Una jornada como dije al principio que se preveía especial y así lo fue superando las expectativas. A las 2:00 horas de la mañana cubría mis piernas con mis sábanas crudas de seda blanca que con su brillo característico parecían reflejar el resplandor de los ojos del pequeño torero.

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