
Morir un 25 de diciembre no resulta agradable, principalmente por el sabor desalentador que deja en aquellos que experimentan la pérdida. Sin embargo, significa entrar en el cielo por la «puerta grande». Realmente nunca me había parado a pensarlo, no obstante tener la habilidad para hacer coincidir tu entrada en el Reino de Dios con el nacimiento del hijo de este, ya es tener arte en la vida y ser especial para el mismo, sabiendo que desde tu propio nacimiento, estuviste presente para ser la niña de sus ojos.
Ayer falleció la abuela Cati, 24 de diciembre. De este modo, para aquellos que se quedan aquí (hijos, nietos, yerno, nuera etc…) el dolor se hace inevitable y más cayendo en una noche tan especial y señalada en el calendario. Si bien, entre la tristeza se abre un abismo y camino de felicidad, con dicho encontronazo y coincidencia entre el niño Dios y la abuela Catalina.
De este modo, hoy durante la misa de entierro, el cura hacía referencia a lo mencionado en los párrafos anteriores. Así su homilía dio rienda suelta a mi imaginación dejándola volar hasta las mismas nubes. Unas nubes totalmente blancas con ángeles por todos lados, y con una mesa alargada en la que al final se encontraba Dios encabezando la misma, acompañado por todos aquellos que ya no están como el abuelo Paco, y el propio marido de la misma, aquel con el tanto estaba deseando reunirse. Me da a mí que tienen una fiesta allí arriba bastante mayor que la que tenemos nosotros aquí y probablemente sin ninguna de todas esas preocupaciones que nos aterran y acompañan diariamente.
Así pues, el Padre consideró que había llegado el momento de dicha reunión y lo hizo como solo él sabe a lo grande. Me la imagino saltando ahora mismo diciendo: «Diego ya estoy aquí contigo». Mis primas ya tienen un angelito más en el cielo, y aunque con dolor, siempre encontrarán dulzura y consuelo en este 25 de diciembre.
En el instante no quieres creer la sucesión de los acontecimientos, ni la forma en la que se acaecieron los hechos. Pero cuando empiezas a ser conscientes de los mismos, y a analizar lo sucedido, tu cerebro comienza a verbalizar y a expresar que fue un 25 de diciembre amargo y doloroso, con un sabor agridulce, pero no por ello menos especial, adquiriendo todo el protagonismo para el que estaba planeado a ser llamado este día de Navidad y los planes del que vino a dar la vida por nosotros.