Bajo la lluvia, la quietud de Oliva

El sábado despertó envuelto en un gris suave, de esos que noviembre regala como si quisiera recordarnos la belleza de lo lento. La lluvia caía con una paciencia antigua, dibujando hilos en los cristales y un murmullo constante que invitaba a quedarse un poco más entre las sábanas. A mi lado, Oliva —pequeña, cálida y esponjosa como una nube que hubiese decidido posarse en mi cama— respiraba con la serenidad de quien todavía descubre el mundo sin sospechar de su prisa.

Durante unos minutos dejamos que el día nos encontrara así, quietas, escuchando la sinfonía del agua. Pero la vida, incluso en los sábados de lluvia, siempre reclama movimiento. Me vestí despacio, sintiendo el frío amable de noviembre en la piel, y Oliva me siguió con sus pasos diminutos, observándolo todo con esa mezcla de asombro y alegría que a ella le caracteriza a su corta edad.

La calle olía a tierra mojada y a pan temprano. Salí a hacer la compra con la misma calma con la que el cielo seguía encapotado. El mercado parecía un cuadro: paraguas de colores, hojas adheridas al suelo, conversaciones que se diluían en el aire húmedo. Había algo reconfortante en llenar la cesta, como si cada alimento trajera consigo un destello de ese confort que solo el hogar sabe ofrecer.

Después, rumbo al gimnasio, dejé que el cuerpo despertara bajo la luz blanca de los focos. Mientras entrenaba, la lluvia golpeaba la fachada como un metrónomo, marcando un ritmo secreto que acompañaba mis movimientos. Sentí cómo cada paso, cada estiramiento, cada esfuerzo devolvía un poco de calor a la mañana fría.

Al volver a casa, Oliva me esperaba con la ilusión intacta, moviendo el rabo como si celebrara un regreso que en realidad nunca fue larga ausencia. La tarde se deslizó lenta; preparé algo caliente, me envolví en una manta mullida y dejé que la lluvia volviera a ocuparlo todo. Oliva se acomodó junto a mí, su pequeño hocico apoyado en mi pierna, como si supiera que la quietud también es un lugar donde una puede quedarse a vivir por un rato.

Y así, mientras noviembre seguía tocando el cristal y la casa respiraba en silencio, comprendí que hay días que se construyen con instantes sencillos: una compra bajo la lluvia, un entrenamiento que renueva, un perro que te mira como si fueras el centro de su pequeño universo.

Un sábado de lluvia, sí. Pero lleno de vida, de ternura, y de esa poesía suave que solo aparece cuando por fin nos permitimos escucharla

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