
Ninguno de los dos se encuentra ya aquí. Ella fue la última en partir, en la tarde del pasado martes 16 de diciembre. Cuando supe la noticia, sentí cómo el corazón se me estremecía y el estómago me daba un vuelco. De inmediato regresó a mi memoria con fuerza el último día que la vi con vida: el domingo anterior, dos días antes, sentada a su lado, con Oliva observándola como si la conociera de siempre.
Siento que su muerte la he vivido muy de cerca, de una manera distinta a las anteriores. Era la última abuela que me quedaba y, con su marcha, llegó un final claro y definitivo. Con ella se cerraba una etapa completa; ya no quedaba nadie más. Esa certeza lo hizo todo más intenso, más real.
La imagen de verla ya sin vida, aún en su cama, se ha quedado grabada en mi mente y regresa una y otra vez. Con los ojos cerrados, su rostro transmitía una bondad infinita y, al mismo tiempo, una calma profunda, una paz que en los últimos días no había podido sentir. Me llamó la atención que hasta el final llevara puesta su alianza de matrimonio, ese pequeño símbolo que hoy muchos se quitan sin pensar, pero que en ella hablaba de una vida entera compartida; una vida marcada por el compromiso, el amor, la constancia y el servicio.
Ahora descansa junto a mi abuelo. Son días tristes, más aún por la cercanía de la Navidad, pero junto a la tristeza también siento una inmensa gratitud. La felicidad profunda de haberla conocido, de haber compartido treinta años de mi vida con ella, y de saber que su recuerdo seguirá acompañándome siempre.