Hoy miré hacia la derecha y el árbol de Navidad ya no estaba…pero si su mejor regalo

Me encanta la Navidad, para mí es la época más especial del año y cuando finaliza siento un agujero en mi interior. Dos días en el calendario son los más importantes, los cuales marcan la gran relevancia y racionalidad de dichas celebraciones, sin embargo el consumismo, el comercio y el deseo por la diversión han hecho de ella más de un mes de luces, eventos y borracheras.

Por otro lado y vinculado a dicho periodo, el mundo de la decoración me apasiona. Soy una loca de las vajillas, los manteles, las mesas navideñas y hasta el detalle más pequeño que pueda aportar luminosidad a cualquier espacio. De este modo, este es otro de los motivos por los que me gusta tanto la Navidad, así este año el 30 de noviembre ya tenía una corona navideña adornando la puerta de entrada y el domingo 3 de diciembre ya estaba cada objeto colocado en su posición habitual de año tras año. Como todo, luego hay que quitarlo y el pasado 7 de enero llegó ese momento, que tanta tristeza me genera junto a la paliza que supone después de tener la casa como un «museo» durante más de un mes.

En consecuencia, estos últimos días han sido complicados con la vuelta total a la rutina. Me había acostumbrado a tener una «discoteca» en el salón y esta semana ya no había destellos, así como pasar por el pasiillo y al final del mismo mirar hacia la derecha y ver el árbol ubicado en una esquina al lado de la bodega y de la mesa del comedor, el cual tampoco se encontraba. A pesar, de que ya no había nada de esto, y cada mueble se encontraba reubicado en su situación original, ha dejado grandes regalos, con incluso una subida la cielo. Empero, venía bien recordar de nuevo como se hacía un sous-sus, un passé o una pataíta por bulerías.

Finalmente, haciendo referencia a esos regalos caídos del cielo, el mejor tuvo lugar con la comida con mi abuela el día de reyes. Ya había comido/cenado con ella durante la Navidad, sin embargo esta comida e instante fue el más especial, ya que hacia mucho tiempo que no venía a casa y tenerla aquí, estando la misma tan bonita y decorada unido a que también era el cumpleaños de mi madre recreó el momento más bonito de la Navidad, sentándose posteriormente con nosotros en la sobremesa para ver una película navideña.

Un neceser de bowaca, un salvacruz de Hoof que me lo compré con el dinero que me dio ella o mi plato de vajilla de un conejo en tono verdoso; todos muy atractivos para mí y mis gustos, no obstante el mejor venía en la carroza «ear, nose and throat» cuando la dejó aquí el 6 de enero. Una rebeca negra con perlas blancas y una falda gris con unas medias tupidas vestían y envolvían a nuestro gran regalo.

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